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Revolución y socialismo en el siglo XXI

Noticias - Política y Gobierno

A continuación presentamos integramente el documento "Revolución y socialismo en el siglo XXI" del Doctor en Ciencias Políticas Juan Carlos Gómez Leyton.

Resumen

La presente comunicación tiene como objetivo central reflexionar sobre el cambio político, especialmente, en torno a la problemática de la revolución y sus desafíos presentes como futuros en el marco de los procesos de transformación que experimentan tres sociedades latinoamericanas: la venezolana, la boliviana y, en menor medida, la ecuatoriana. Para tal efecto, lo haremos trabajando desde una perspectiva epistemológica que pone al centro de la reflexión política a la experiencia historica en lugar del momento teórico. Consideramos que la revolución como también su objetivo político e histórico en la construcción del socialismo del siglo XXI constituyen “significantes vacíos” que requieren ser “llenados” con contenidos que no son meros plantemientos políticos teóricos normativos sino un conjunto de elementos tomados y resignificados de la experiencia histórica tanto revolucionaria como de la fracasada construcción histórica del socialismo durante el siglo XX.

La comunicación se estructura en tres partes, en la primera, establecemos el momento histórico y político que viven las sociedades latinoamericanas, en segundo lugar reflexionamos sobre la revolución y en tercer lugar planteamos algunas cuestiones que se deberían tener en cuenta en el proyecto socialista para el siglo XXI. Cerramos con algunas conclusiones generales.

Palabras claves: cambio histórico, revolución, socialismo.


I.- La Revolución en la Historia de Nuestra América

La actual coyuntura política es, sin lugar a dudas, propicia para reflexionar sobre el “cambio histórico” o sobre las posibilidades políticas del “cambio revolucionario” en las sociedades latinoamericanas, como también sobre los desafíos que implica la construcción del llamado socialismo del siglo XXI. Tanto el cambio histórico revolucionario como el socialismo del siglo XXI constituyen actualmente, parafraseando a Ernesto Laclau  “significantes vacíos”. Por dicha condición ellos requieren imperiosamente ser “llenados de contenidos” políticos, económicos, sociales y culturales. Para realizar esa tarea considero que existen a lo menos dos caminos posibles, uno, es hacerlo desde la experiencia histórica y, el segundo, desde la teoría. La tarea en ambos casos es compleja e involucra distintas dimensiones epistemológicas.

Frente a este primer desafío que nos impone la realidad política latinoamericana actual mi planteamiento es trabajar la cuestión de la revolución y la construcción del socialismo del siglo XXI desde la experiencia histórica-política, o sea, voy a transitar por el camino propuesto por Hugo Zemelman de ir desde la historia a la política.

Esto significa, en primer lugar, dejar de ver a la historia como una serie de situaciones lineales que se suceden progresivamente en el tiempo y en el espacio con algunas disrupciones para entenderla como un proceso complejo de construcción de voluntades sociales, como un horizonte abierto de posibilidades hacia el futuro. Y, en segundo lugar, un esfuerzo por comprender a la política más allá del quehacer operativo que la confina a la esfera del poder, para aprehenderla como conciencia de la historicidad del momento, como construcción de proyectos resolutivos en el plano de las contradicciones inmediatas.

Este tipo de reflexión que propongo exige un esfuerzo de apertura del razonamiento para captar la dinámica compleja y multidireccional del movimiento que constituye la realidad social e histórica. Para tal efecto, debemos organizar el conocimiento histórico a partir de las exigencias determinadas por los proyectos de construcción social en disputa o en conflicto. Ello da como resultado la subordinación del pensamiento teórico e ideológico al momento histórico que contiene esas potencialidades de futuros posibles, lo que nos lleva a la apropiación de la realidad a través del análisis de acciones y proyectos ubicados en el interior de un horizonte histórico y no de un esquema teórico. No se trata de abandonar el momento teórico si no aceptar epistemológicamente que los “cambios sociales, políticos, históricos radicales, o sea, revolucionarios, nunca esperan a los teóricos para realizarse”.

En efecto, ninguna de las revoluciones que podemos identificar en la historia política moderna (XVII-XIX), especialmente, las revoluciones burguesas, fueron realizadas a partir de una teoría política que explicitaba el tipo de cambio como también, el sujeto histórico que debía producirla. Ellas fueron revoluciones triunfantes. Mientras que las “revoluciones” que se hicieron con libreto en mano, fracasaron o fueron derrotadas. La teoría revolucionaria como la teoría democrática, o la teoría del cambio surge luego de la experiencia política de su realización. El problema de ello es que esas experiencias se transformaron en el modelo a seguir y los revolucionarios, los operadores o habilitadores de la historia a construir.

De allí que todo cuanto sabemos de la “revolución” procede del estudio de las revoluciones concretas. Estas constituyen de facto el criterio para juzgar las demás, su influencia en la reflexión teórica, política e histórica ha sido muy importante. Esta influencia se ha ejercido, de forma prospectiva, sobre los revolucionarios, los contrarrevolucionarios y los analistas sociales; y, retrospectivamente sobre los protagonistas y los historiadores. En definitiva, se han constituido en modelos analíticos. Cabe señalar, siguiendo a E. J. Hobsbawm, que los modelos analíticos surgieron de la selección arbitraria de revoluciones que formaban parte del universo intelectual de los analistas. Por ejemplo, la tradición china del cambio revolucionario no formaba parte de análisis occidentales, aunque Mao estaba claramente influido por ellos. La revolución mexicana fue ignorada por todos durante mucho tiempo. Ni siquiera hay una referencia a ella en el influyente análisis de la revolución realizado por Regis Debray (Revolución dentro de la Revolución? Lucha armada y lucha política en América Latina, Maspéro, Paris, 1967).

La teoría y la práctica revolucionaria fueron eclipsadas por la insurrección armada y la lucha política de los cubanos de 1956-1959, una revolución, de escala mucho más reducida pero mucho más “visible” en el plano internacional. La experiencia cubana dio lugar a un desarrollo explosivo de reflexiones sobre la revolución, la praxis y sobre todo, la teoría revolucionaria, al cabo de unos años, un nuevo modelo revolucionario se había constituido para desgracia de la revolución y de los procesos de cambio. Durante dos décadas, entre 1959-1979, los revolucionarios latinoamericanos siguieron de manera desordenada e improvisada la teoría desarrollada a partir de la revolución cubana en una lúdica combinación con el modelo revolucionario bolchevique de 1917 y otros se prepararon un “cóctel revolucionario” con la revolución china de Mao. En fin, la teoría política revolucionaria es abundante en contraste con las revoluciones efectivamente realizadas y concretizadas en la historia reciente de la región. En los últimos 50 años la única revolución concreta, aun en proceso histórico, es la cubana.

La revolución, como instrumento histórico y político, para el cambio ha sido permanentemente invocada a comparecer en la historia de las sociedades latinoamericanas. No obstante, durante algunos años de las décadas recientes había sido desterrada por el pensamiento político posmoderno, a través de la sentencia de que el “futuro ya estaba aquí” y que lo único posible era vivir en un “eterno presente”.

La negación de la utopía como la construcción colectiva del futuro por parte de los seguidores del pensamiento único se hizo hegemónica en los países capitalistas tanto centrales como periféricos; obligando e imponiendo a la política a asumir una postura pragmática, realista y presentista. Las teorías sociológicas y políticas del cambio dieron paso a las teorías conservadoras. Sin embargo, la revolución y el cambio político cobran actualmente un renovado interés, especialmente, por la elección de Barack Obama, un afro-americano, como Presidente del Imperio. Desde ese momento se ha instalado la idea de que el cambio esta aquí, o ha llegado con Obama, por lo tanto deberemos desempolvar y re-volver a las olvidadas teorías del cambio histórico.

En verdad la revuelta hacia las teorías del cambio histórico en las sociedades latinoamericanas comenzó mucho antes que apareciera en la escena política Barack Obama. En efecto, la cuestión de: cómo hacer, intervenir y construir la historia, la plantearon de manera muy fresca, renovadora y vivificante, los chiapanecos, los zapatistas y el subcomandante Marcos, en enero de 1994, hace ya 15 años, en la Selva Lacandona, en México.

El levantamiento insurreccional del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional, EZLN, puso en movimiento un renovado esfuerzo por pensar el cambio histórico desde una perspectiva revolucionaria y, especialmente, en dos cuestiones, que en esos años estaban en el suelo, pisoteadas y en pleno proceso de olvido: la revolución y el socialismo. Estimo que uno de los principales meritos políticos de los zapatistas y de la fecunda y literaria pluma del subcomandante Marcos fue instalar entre los alicaídos sectores de la izquierda latinoamericana desde una experiencia histórica y política concreta: la discusión y reflexión de la posibilidad histórica y política de producir y provocar el cambio histórico y, sobre todo, de los mecanismos y los instrumentos a ser utilizados para tal efecto.

Por otro lado, los movimientos sociales, políticos y las diversas acciones colectivas de protesta social de los, parafraseando a Franz Fanón, condenados por el neoliberalismo, en la década de los noventa, abrieron nuevas rutas para el cambio político e histórico en diversos países de la región que se expresaron en la conformación de distintos y variados gobiernos con vocación de cambio: ya sea progresistas y/o de izquierda. Hace ya una década, si tomamos 1998 como punto de partida, con la llegada al gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, el cambio político, social e histórico se ha hecho presente en las sociedades latinoamericanas con mayor o menor intensidad. Podríamos sostener que con las victorias electorales de Fernando Lugo en Paraguay y Mauricio Funes en El Salvador, gran parte de los países del continente han vivido intensos procesos de cambios políticos y sociales. Sus protagonistas y promotores lo han colocado y definido en clave revolucionaria, democrática y, en algunos casos, socialista.

De manera que el cambio político revolucionario vuelve a recorrer el continente latinoamericano de la misma forma como lo hizo hace ya 50 años bajo el influjo de la gesta revolucionaria cubana. El triunfo de la insurrección armada en contra de la dictadura de Fulgencio Batista en 1959 y la puesta en marcha del proceso revolucionario de carácter democrático y socialista en Cuba abrió la puerta al cambio político revolucionario en todo el continente. La idea de que era posible hacer la revolución y construir la historia se hizo nuevamente presente en la historia política de Nuestra América. La “revolución” se ha hecho presente en América, en cuatro “coyunturas críticas” y ha tenido distintos y desiguales resultados.

Antes de referirme a esas “coyunturas críticas” que dieron lugar a procesos revolucionarios voy a precisar lo que entiendo por revolución. Así como el concepto de democracia y socialismo, el de revolución es un concepto polisémico, complejo y conflictivo. Fundamentalmente, por que, en primer lugar, soporta variadas definiciones; en segundo lugar, hacer una revolución, instalar e impulsar un proceso revolucionario, así la historia de la revoluciones lo demuestra, es una problemática multidimensional, debe atender a un conjunto variado y diferenciado de problemas. Agreguemos, a esta cuestión, que una revolución requiere de “tiempo”, pues se trata de una tarea histórica de larga duración. El “tiempo”  revolucionario es una variable central a la hora de hacer la revolución. Una cosa es el estallido revolucionario, y otra cosa es el proceso. La revolución bolchevique triunfo en octubre de 1917; pero, 74 años de proceso revolucionario, no impidió su derrumbe y fracaso. La clave de la complejidad de la revolución no esta en el estallido sino en el proceso histórico que se pone en movimiento. Y, ese movimiento es fuente de conflicto histórico. La revolución no es solo producto del conflicto sino es productora permanente de conflicto y por ende de resolución política de ellos. Un proceso revolucionario que no tenga la capacidad política de resolver y enfrentar los conflictos no avanza, se estanca, y se destruye asimisma. La presencia del conflicto en cualquier proceso histórico es: la evidencia del cambio, del movimiento histórico, y las revoluciones han sido productos históricos impulsados por conflictos y cambios que se producen en los sujetos como en las estructuras de una sociedad dada.

Una revolución es un proceso histórico impulsado por sujetos sociales que en un momento determinado y bajo ciertas condiciones políticas y sociales, deciden intervenir la historia para asumir la dirección de ella e instalar un proceso de cambios profundos y radicales de las estructuras como en la vida de los sujetos que habitan una sociedad dada. Esta intervención histórica, puede tener diversos objetivos tales como: construir una nueva sociedad, afianzar y consolidar cambios societales ya producidos y/o barrer con los obstáculos que no permiten el despliegue total de las nuevas estructuras sociales que se han desarrollado en la sociedad.

Por esa razón, debemos hablar de distintos tipos de revolución. Sin ahondar de manera profunda en esta cuestión, el análisis de las revoluciones o de los procesos revolucionarios permite distinguir entre sociales y políticas.

Las revoluciones políticas son las más frecuentes que registra la historia de occidente desde la época moderna hasta el día de hoy; ello no quiere decir que no sean importantes pero diríamos que tienen un alcance limitado o que sólo afectan a la estructura política de una sociedad dada. Sin duda que son cambios y pueden haber tenido consecuencias no sólo para las sociedades en que acontecen sino para muchas otras e inclusive para el mundo. Los cambios políticos que instalan este tipo de revoluciones por más radicales que sean no afectan en grado apreciable la estructura económica y social de las sociedades. Dichas estructuras se mantienen con cambios menores.

Todo esto es distinto por completo en el caso de una revolución social, cuya característica sobresaliente consiste en alterar drásticamente la estructura socioeconómica de la sociedad. Las relaciones económicas básicas, la posesión de los principales medios de producción, el status económico y político de todas las clases y grupos sociales; se trata de una transformación estructural total y completa. Todo cambia. Son muy pocas las dimensiones societales que permanecen, tal vez, las más persistentes sean las culturales y las de mentalidades. Ello explica que hoy en día en Rusia, se hallan re-instalado prácticas culturales de la época zarista. Son los pesos diferenciados de las “tradiciones”. La revolución social es acompañada, en el curso de la historia por un grado importante de violencia. Además, las tentativas para invertir esa reorganización total de la sociedad han conducido por lo general a guerras civiles. Las principales fuentes del poder son disputadas abiertamente y la consolidación del proceso revolucionario sólo será posible con la derrota militar y política de aquellos que detentaban el poder.

Ahora bien, las revoluciones sociales son acontecimientos excepcionales en la historia y en lapso de dos siglos, el mundo sólo ha conocido cuatro, a saber: la revolución bolchevique de 1917; la revolución china de 1949, la revolución cubana de 1959 y la revolución rusa/soviética de 1991.

Por tanto, las revoluciones sociales, no son simples cambios, no pueden ser identificadas, como se hace con las políticas, con las transformaciones que se operan en la forma de gobierno o régimen político de una sociedad determinada. En definitiva el concepto Revolución que voy a manejar supone: la idea manifiesta de que el curso de la historia comienza de nuevo, que una historia totalmente nueva, una historia ignota está a punto de desplegarse. De modo que la revolución trae a primer plano, un modo peculiar de experiencia vital: la experiencia de sentirse libre. Hombres y mujeres viven su libertad desplegada al máximo, con todas sus potencialidades, durante el proceso revolucionario. La revolución, como instrumento político presenta la posibilidad de experimentar con la historia. Esto a su vez supone en los “sujetos revolucionarios” la capacidad para la novedad y la aventura. Dos rasgos característicos que según Marshall Berman, posee el ser moderno. La modernidad es justamente dicha experiencia vital, es decir:

“es encontrarse en un ambiente que promete aventuras, poder, alegría, desarrollo, transformación de uno mismo y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que conocemos, todo lo que somos. Los ambientes y las experiencias modernas traspasan todas las fronteras de la geografía y de las etnias, de las clases y de las nacionalidades, de las religiones y las ideologías: en este sentido se puede decir que la modernidad une a toda la humanidad. Pero se trata de una unidad paradójica, unidad en la desunión: nos introduce a todos en un remolino y contradicción, de ambigüedad y de angustia perpetuas. Ser moderno es formar parte de un mundo en el que, como dijo Marx "todo lo que es sólido se evapora en el aire".

Esta experiencia máxima de libertad ha sido vivida en América Latina tan sólo en cuatro oportunidades. En efecto, cuatro coyunturas políticas críticas dieron lugar a la posibilidad de la revolución. Especialmente, a la revolución política. Pero, no necesariamente a la revolución social. Veamos cuales son:

1.- La primera experiencia revolucionaria nos remite al proceso de independencia colonial a comienzos del siglo XIX. En esa oportunidad la revolución tuvo un carácter continental de liberación, anticolonialista, americanista, democrática, pro-republicana, libertaria, y antiesclavista.

Este proceso no fue esa experiencia verdaderamente decisiva para los distintos grupos sociales participantes. Debido a que los grupos estratégicos que asumieron la dirección, no fueron lo suficientemente comprometidos con el cambio y la transformación histórica, como para trasformar profunda y radicalmente la sociedad existente, con el objetivo de establecer una nueva sociedad. La vieja estructura de valores y el sentido ritual de la sociedad colonial, no fueron seriamente conmovidos. Las ideologías y las metas de la violencia guerrera emancipadora se quedaron cortas. No hubo un impacto coherente ni masivo sobre las gentes. No se puede negar que hubo trastornos. Pero, la herencia colonial se mantuvo, por largo tiempo, hasta bien entrado el siglo XIX e incluso durante el siglo XX, era todavía fuerte, sobre todo en lo que concierne a las estructuras agrarias y las formas tradicionales de ejercer el poder y practicar la política: clientelismo, caudillismo, caciquismo, etc.


El proceso histórico de emancipación colonial entre 1810-1824, no fue una experiencia vital, transformadora. No fue una revolución social sino una importante y trascendente revolución política. Su efecto político central fue sacudirse el dominio de un imperio trasatlántico, más que promover una reconstrucción drástica de la sociedad. De modo que siendo una revolución moderna, fue una revolución trunca. Puesto que dejaron subsistir, incluso reforzaron, las estructuras tradicionales. Dicho proceso no desembocó en una "gran transformación".


2.- La segunda experiencia revolucionaria es producto de factores sociales y políticos endógenos: la crisis de la dominación oligárquica. Estalla en México en 1910, se trata de la revolución de los campesinos y pobres del campo dirigidos por Emiliano Zapata, quienes impulsan una revolución agraria, anti-oligárquica, democrática y libertaria. Si bien, la revolución mexicana-zapatista no tiene una dimensión continental como la primera, su influjo se hace presente en la mayoría de los procesos políticos de cambio político, social y económico que son impulsados en los diferentes países de la región en las primeras décadas del siglo XX. Dando lugar a lo que podríamos señalar como la primera experiencia reformista/revolucionaria latinoamericana.


Al igual que la anterior se trata de un ciclo de transformaciones políticas. Son cambios políticos limitados a las estructuras institucionales del Estado, del régimen político o de las formas de gobierno, de la ciudadanía, etcétera. Se modifican las estructuras económicas y sociales con el objeto de mantener y consolidar el modo de producción y la forma de acumulación capitalista.


3.- La tercera experiencia revolucionaria es la protagonizada por la Revolución Cubana en 1959. El nuevo proceso revolucionario de carácter democrático, anti dictatorial, antiimperialista (anti-estadounidense), anti-oligárquico, agraria y socialista. La revolución cubana tiene una proyección continental que, a diferencia de la revolución mexicana, su influencia se traduce en el surgimiento, durante dos décadas, entre 1959-1979, de distintos movimientos sociales y políticos revolucionarios que luchan por hacer posible la revolución socialista en el resto de los países de Nuestra América.

Más fracasos que éxitos acompañan dicho proceso revolucionario. Así la revolución, especialmente, después de 1990-1991, como instrumento para el cambio histórico, social y político es abandonado y pierde validez y los revolucionarios, se convierten en sujetos extemporáneos, extraños, piezas de museos, relictos históricos. 
La revolución paso a ser un acto histórico que pertenecía al pasado. Despojada de sus contenidos sociales y utópicos, libertarios y emancipadores, democráticos y soberanos, el concepto de revolución servirá para describir o denominar los procesos de re-estructuración capitalistas impulsados por los sectores nacionales y extranjeros dominantes. Sin embargo, la resistencia social y política a la denominada “revolución capitalista neoliberal” que en el fondo no es otra cosa que una contrarrevolución anti-popular dio lugar a un cuarto proceso revolucionario que recorre actualmente al continente latinoamericano. Re-actualizando y revitalizando el proyecto revolucionario de emancipación social y humana.  Des-mintiendo de manera categórica a aquellos que teórica y políticamente la habían dado por muerta o por superada.


En efecto, la revolución vuelve a recorrer los viejos caminos transitados por los revolucionarios de hace 197 años, hoy la figura y el pensamiento político del libertador Simón Bolívar, se vuelve a levantar en Venezuela: amenazando los intereses de los sectores dominantes nacionales, regionales y globales. Lo mismo hacen los movimientos sociales y el MAS en Bolivia dirigidos por el presidente-indígena Evo Morales.

El actual proceso revolucionario es anti-neoliberal, anti-neocolonial y pro-socialista. Sin embargo, se trata de procesos revolucionarios fundamentalmente políticos. Ello explica por ejemplo la tendencia a impulsar el cambio político institucional a través de un instrumento esencialmente decimonónico como es la convocatoria de Asambleas Constituyentes. Este aspecto marca la diferencia central y sustancial entre el proceso revolucionario cubano y los actuales procesos de cambio histórico en América Latina. O sea, entre lo qué es una revolución social y una política. La revolución bolivariana es política y no social, lo mismo que la boliviana. No afectan las principales fuentes del poder social. Especialmente, no transforman radicalmente la estructura de la propiedad privada de los medios de producción. Ese es su límite. Su principal frontera.

Con todo lo dicho hasta ahora podemos sostener que la revolución ha sido una preocupación central entre los actores sociales y políticos de Latinoamérica y un tema de reflexión permanente durante la mayor parte del siglo XX. Como he señalado esta preocupación decayó en los años 90 como consecuencias de los fracasos de los socialismos reales, de la expansión de la democracia liberal representativa y el predominio del pensamiento político posmoderno que acompaña a la reestructuración neoliberal de la región. La idea de la revolución como la del cambio histórico fue expurgada del vocabulario y del quehacer de los actores sociales y políticos estratégicos de la región. Se convirtió en un concepto censurado de la misma manera que socialismo, izquierda, lucha de clases, imperialismo, explotación, enajenación y otros tantos conceptos y palabras que fueron usadas en su momento para dar cuenta de la forma como operaba el capitalismo en las sociedades latinoamericanas. De una u otra manera el pensamiento crítico de raíz marxista cayó en desuso y perdió toda validez explicativa de la realidad social, política y económica.

No obstante, el levantamiento zapatista, las rebeliones populares anti-neoliberales y la presencia de Cuba como único bastión del socialismo contribuyeron a erosionar la hegemonía del pensamiento único y, en base a la acción histórica y política de los condenados de tierra, la revolución y el socialismo han vuelto a ser parte de la reflexión teórica y del quehacer político de la izquierda latinoamericana.  


2.- LA REVOLUCIÓN EN EL SIGLO XXI

La (re)vuelta de la revolución y del socialismo impone distintos desafíos teóricos, políticos e históricos, especialmente, si pensamos en la realización de una revolución social y no sólo en una revolución política-institucional-constitucional.

La construcción de una sociedad igualitaria, justa y democrática requiere esencialmente la realización de una revolución social que desplace a las clases dominantes del poder y que termine con la apropiación privada de la riqueza y con la propiedad privada. El problema político que presenta para hacer posible esta construcción es, como dice el refrán popular, “nuevo de puro viejo”: cómo hacer la revolución.

En las nuevas condiciones políticas de América Latina y del capitalismo, la acción revolucionaria debiera combinar todas “las formas de lucha política y social” desde la acción política electoral-institucional a la insurreccional. Debe haber un proceso de gestación y desarrollo de una planteamiento anticapitalista y prosocialista. Este proceso implica el protagonismo de los movimientos sociales populares, conquistas sociales y políticas, radicalización ideológica y, sobre todo, construcción de poder popular.

La revolución social constituiría el momento definitorio de esa acumulación de experiencias en un marco de confrontaciones sociales, que generarían las condiciones de posibilidad de la acción histórica revolucionaria. Cabe señalar que la revolución es un acontecimiento necesario, pero no único, ni excluyente de una sucesión de episodios políticos, sociales y culturales que forjan la totalidad del proceso revolucionario.

Un marco para el desarrollo de episodios revolucionarios que vayan anticipando al momento revolucionario sería la emergencia de gobiernos de izquierda, reformistas o nacionalistas radicales de clara orientación anti-capitalistas. En este caso, la batalla anticapitalista coexistiría con administraciones surgidas del voto popular y en conflicto con las clases dominantes. Se trata de explotar al máximo las condiciones que brinda la democracia política.

La presencia de gobiernos de este tipo constituye una eventualidad y no una etapa inexorable de preparación del socialismo. Pero es una alternativa probable en el escenario actual, ya que los mecanismos constitucionales tienden a potenciar la incidencia de las urnas, en experiencias que anticipan el desenlace revolucionario.

Un estrategia política para la izquierda latinoamericana actual con el objeto de provocar el cambio histórico diseccionado o intervenir políticamente la historia tiene muchos puntos en común con la mixtura de guerra de posición y movimiento que planteó Gramsci. Con el primer curso se apunta al logro de conquistas populares dentro de las trincheras institucionales de la democracia política, y el segundo rumbo prepara la captura del poder. Sin que esa captura anule la posibilidad sugerida por los zapatistas de ir construyendo el poder popular desde abajo y fuera de esos espacios institucionales.

Una actualización de la estrategia gramsciana supone evitar tanto quedar atrapado en la institucionalidad política democrática (como ha ocurrido tradicionalmente con los partidos políticos de izquierda en Latinoamérica), como el aislamiento del sentir popular. Sostener exclusivamente la guerra de posiciones conduce a la aceptación del orden político capitalista, pero propiciar sólo la guerra de movimientos empuja a los socialistas a la marginalidad. La combinación de ambos rumbos prepara y genera las condiciones políticas e ideológicas de la revolución social anticapitalista.  


3.- EL OBJETIVO DE LA REVOLUCIÓN: EL SOCIALISMO

La revolución en su momento actual debe tener un objetivo especifico e histórico trascendente: terminar con el capitalismo histórico y la construcción de la sociedad socialista. Se trata de dos objetivos históricos distintos pero concatenados en un mismo proceso histórico-político articulado por la voluntad de los sujetos que buscan consciente y racionalmente dichos objetivos. De los cuales uno es finito y el otro esta en constante movimiento, abriendo nuevas sendas que hagan posible las distintas dimensiones que supone su existencia. Poner fin al capitalismo es un objetivo político e histórico perentorio y definitivo. Mientras que la construcción de el socialismo supone ser entendido más como una razón para ponerse en marcha y, menos un modelo pre-establecido. Al socialismo hay que construirlo siempre, nunca pensar que se va a llegar a él. El socialismo es histórico y sólo puede existir como adjetivo pero no como sustantivo.

Una condición para construir y proyectar el socialismo en el siglo XXI en nuestras sociedades será renunciar a las palabras heredadas y reconstruir en forma de diálogo los nuevos conceptos con los que reorganizar la realidad social y también los referentes simbólicos. Se trata de des-pensar lo existente para repensar el futuro.

Lo que quiero sostener es que las bases del socialismo en el siglo XXI como movimiento histórico y político no son teóricas sino, muy al contrario, se constituye en realidades sociales muy concretas. Sus bases hay que buscarlas en los siguientes sucesos y las reflexiones que abrieron:

-el derrocamiento de la Primavera de Praga de 1968 por las fuerzas del pacto de Varsovia;
-la creación del sindicato polaco disidente de Solidaridad en los astilleros de Gdansk, en 1980;
-la derrota del proyecto socialista de la Unidad Popular en Chile, en 1973;
-las victorias de la derecha en Europa y Estados Unidos (Juan Pablo II-1978; Thatcher-1979; Reagan-1980; Kohl-1981)
-la derrota de los sandinistas en Nicaragua en 1989;
-la caída del Muro de Berlín de 1989;
-el establecimiento de las democracias neoliberales en América Latina y de los gobiernos democráticos pro Consenso de Washington, [los Tres Carlos] Carlos Salinas de Gortari en México, 1988; Carlos Saúl Menen en Argentina y Carlos Andrés Pérez en Venezuela, ambos en 1989; 
-la disolución de la URSS en 1991;
-el levantamiento zapatista en 1994;
-el Foro Social de Porto Alegre y el presupuesto participativo;
-el desarrollo del pensamiento socialista anticapitalista y antiautoritario que rechaza de manera amplia y categórica el totalitarismo soviético;
-la publicación en 1973 del libro del peruano Gustavo Gutiérrez Merino, Historia, política y salvación de una teología de liberación, libro que obligaría a pluralizar el sujeto;
-la acción colectiva de múltiples rostros que exigen la acción democrática plural, abierta y participativa en -los sociedades andinas, especialmente, en Bolivia;
-las nefastas consecuencias sociales, políticas y económicas de la reestructuración capitalista neoliberal y la extensión y ampliación de la globalización.

En fin, las bases materiales e históricas del socialismo del siglo XXI son variadas y diversas pero se constituyen en la historia reciente y no necesariamente son señaladas por un corpus teóricos abstracto. Corpus teórico y político en el cual la divergencia entre los partidarios del socialismo es mayor que los puntos de convergencia.

Siguiendo a Juan Carlos Monedero vamos a definir lo que entendemos por una sociedad socialista:

“sistema de organización social, política, económica y cultural que busca la libertad y la justicia, armonizando para ello los recursos materiales, institucionales e intelectuales de la sociedad, con el objeto de conseguir la igualdad de capacidades personales, la libertad de los individuos y colectivos, la solidaridad entre los miembros de la comunidad, la defensa de las diferencias, el respecto medio ambiental, la paz entre las naciones e iguales condiciones para todos los pueblos del mundo”.

Destaco algunas cuestiones de esta definición. En ella se habla de “igualdad de condiciones”  entendiéndola como una formula superior a la igualdad de oportunidades –que no garantiza el resultado o la igualdad de resultados- que, aún siendo superior, por lo común en una entelequia no realizable o bien supone que robaría la libertad individual y no contemplaría la necesaria corresponsabilidad de las personas en su destino. Sostengo que la igualdad de capacidades es una formula superior, fundamentalmente, por dos razones, es menos autoritaria –de cada cual según sus posibilidades implica una exigencia, un hecho de fuerza al margen de la voluntad de los individuos; por otro lado, el “cada cual según sus necesidades” des-responsabiliza y  con ello, roba dignidad a las personas, cayendo en formas de paternalismo que limitan la libertad individual.

Como todas y todos sabemos que los tiempos que corren son momentos de crisis (de peligro y de oportunidad), una época de frontera con sombra de lo viejo y apenas albores de lo nuevo. Por ello la referencia al socialismo del siglo XXI no es una mera referencia cronológica vacía sino una metáfora que recuerda que lo sustantivo permanece (el socialismo como organización que supere al capitalismo) y el adjetivo cambia (lo que quiere significar que el contorno que adquiera en el siglo XXI va a ser diferente del socialismo del siglo anterior. En esa dirección recoge la esperanza de transformación, su compromiso inicial con la democracia y, principalmente, evitar cometer los graves errores y distorsiones realizados durante el siglo XX.

Una cuestión que requiere la construcción del socialismo del siglo XXI es que para su realización se requiere una cierta madurez social, política y cultural para que los cambios que implica su instalación cuajen. Una madurez que no se mide en desarrollo económico, sino en consciencia de lo colectivo, de lo público. El socialismo requiere una revolución profunda que altere, modifique, transforme radicalmente las mentalidades colectivas de los sujetos sociales. De lo contrario su fracaso es inevitable. Hombres y mujeres por el socialismo deben revolucionarse en su forma de pensar y concebir el mundo. Abandonar las creencias, símbolos y valores propios del capitalismo. Este es uno de los grandes desafíos de los actuales procesos revolucionarios latinoamericanos como hacer que la mentalidad colectiva capitalista empoderada en las diversas clases, grupos, colectivos sociales que conforman las sociedades capitalistas logren adquirir los valores propios de una sociedad socialista. Para ello se requiere que trascurran varias generaciones.

Otro desafío central que tiene la construcción del socialismo en el siglo XXI tiene que ver con la transformación de la estructura social y poder inserta en la sociedad y no sólo la transformación del Estado. La primera revolución socialista, la bolchevique de 1917, considero fundamental que la toma del poder del Estado era central y primordial, pues allí radicaba el poder político y desde allí se iniciaba la construcción del socialismo. Este modelo de revolución fue el seguido por todos los revolucionarios a lo largo del siglo XX. Además el régimen político que se instaló, siguiendo lo planteado de Carlos Marx en relación a la Comuna de París, fue la “dictadura del proletariado” que en la versión soviética fue el la “dictadura del partido”. La tarea que se propuso esa revolución fue constituir un Estado al servicio del pueblo, empoderar a una población mayoritariamente campesina y socializada en el capitalismo depredador, egoísta y fragmentador. Ese modelo fracasó.

Uno de los peligros políticos del actual proceso revolucionario es la tentación abierta a repetir dicho modelo. Especialmente, la idea de que la construcción del socialismo requiere un momento de excepción, es decir, la suspensión temporal, por ejemplo, de la democracia, o la concentración del poder político en  la figura del líder o la conformación de una sólo organización política con la exclusión de otras, la suspensión del pluralismo, de la libertad de expresión, etcétera. En muchas de las sociedades desestructuradas por el vendaval neoliberal, el riesgo de pretender sustituir esa falta de instituciones y valores colectivos democráticos con comportamientos despóticos ilustrados (de larga tradición en la política en Nuestra América), especialmente, aquellos sectores políticos y sociales que postulan la dictadura del “pobretariado” o, incluso, una dictadura de la ciudadanía o de las multitudes, es muy alto.

Todos sabemos que la dictadura del partido o del proletariado trajo mucho más problema para la construcción del socialismo que soluciones. La construcción del socialismo actual pasa por el compromiso del pueblo, de la gente, de las y los ciudadanos hacerse cargo de sus propios destinos, los constructores reales del socialismo. Ellos son los protagonistas de la nueva historia que comienza a desplegarse. Ellos deberán enfrentar y contrarrestar la presión de las oligarquías de poder, la financiación de la desestabilización, la tarea permanente durante decenios de las empresas de medios de comunicación y de la jerarquía eclesiástica. Y, esto no son problemas teóricos, sino son problemas empíricos, o sea, históricos y políticos.

El riesgo del despotismo ilustrado desde posiciones prosocialistas puede ganar el favor político de los sectores populares como de los pobres y sectores marginados y excluidos, corre el peligro de generar las acciones políticas populistas y paternalistas de larga tradición en la región. Cualquiera de esas acciones podría alejar a otros sectores sociales como las capas medias que muchos consideran muy necesarias para la consolidación socialista. El tema a que estoy apuntando es que no puede construirse el socialismo sin socialistas. El socialismo no se decreta ni por leyes ni por la acción única del líder.

Atendiendo a la experiencia histórica la tarea esencial en la construcción del socialismo no está  en crear formas autoritarias previas que faculten para empoderar al pueblo, sino consiste en dar de inmediato instrumentos conceptuales que obliguen a la corresponsabilización popular en las transformaciones. La tarea de los liderazgos es central en la fase de instalación del proceso de cambio pero debe apuntar a lo que Weber denomina la legitimidad legal racional más que  a la legitimidad carismática. Los actuales liderazgos  carismáticos de Chávez, Morales, Correa, por nombrar a los más relevantes deben dar lugar a la institucionalización política del poder popular el cual puede ser conducido en el futuro cercano por cualquier otro líder surgido desde la sociedad o de la organización social y política que se haya desarrollado para la mantención, conservación, ampliación y difusión de los valores socialista. En este punto tengo en mente el proceso político que se ha vivido en la Sudáfrica pos apartheid. Nelson Mandela siendo el principal líder del partido del Congreso Nacional Africano no se mantuvo en el poder. Todo lo contrario ha propiciado la rotación y la conformación de una nueva elite de dirigentes con capacidad de dirigir el proceso político abierto en el año 1994. Dada la mayoría obtenida por el CNA su líder actual Jacob Zuma se convertirá en el cuarto presidente elegido democráticamente en Sudáfrica. Se que el proceso político africano es altamente complejo y tiene diversos problemas. Lo que quiero llamar la atención es la rotación de las elites dirigentes, que a pesar de la disidencia internas el proceso no se ha detenido ni han tenido que suspender la democracia para desarrollar el proyecto histórico y político que sostiene el CNA.

Lo importante en el proceso de construcción del sistema político que va regir a la sociedad socialista es lo que podemos denominar como la fase de “acumulación política originaria”. Durante esta fase se establece y se diseña democráticamente la nueva institucionalidad política. Se trata de un momento constituyente, activo, participativo y ampliamente democrático. La nueva institucionalidad es, fundamental, para contener o poner diques al torrente del liderazgo, frenar u obstaculizar las oposiciones reaccionarias y conservadoras, organizar y vigorizar a las disidencias. Aquí la apuesta es por la actividad política democrática pluralista. Se trata más que establecer la dictadura del partido o del líder la instauración de un régimen político que privilegie la acción de legislar a través de la representación de las y los ciudadanos por sobre la acción del líder de dictar. Y, sobre todo, desarrollar activamente la tesis señalada por los zapatistas de mandar obedeciendo.

Para avanzar en la construcción del socialismo en el siglo XXI en Nuestra América éste debe superar las lacras del socialismo del siglo XX y acentuar tal vez sus aciertos. Recordemos que ese socialismo tuvo cuatro rasgos centrales, entre otros, por cierto, a saber: eficiencia, heroísmo, atrocidad e ingenuidad.  
La eficiencia estuvo en la capacidad de incorporar a la modernidad a una parte considerable de la humanidad que estaba excluida de ella. El heroísmo en construir  un poder social e histórico en nombre de los trabajadores y pobres del mundo que contuvo en su momento al nazi-fascismo y luego la extensión del capitalismo. Junto con establecer un régimen sostenido en el terror estatal. Ahora bien, en relación a la ingenuidad, compartimos, las cinco razones propuesta por el sociólogo español Juan Carlos Monedero, a saber:
1.- Considerar que bastaba con conquistar el aparato del Estado para, desde ahí, cambiar la sociedad; 
2.- Considerar que bastaba con la instauración de un partido único para regular  la sociedad y dar respuestas a sus evoluciones históricas o para agregar voluntades. Sólo pensando que hay una sola verdad y que se está en posesión de la misma entrega todas las respuestas;
3.- Pensar que el socialismo se construye con la nacionalización o estatización de los medios de producción, en vez de socializarlo.
4.- Pensar que lo que se hacia en URSS era bueno para el resto del mundo.
5.- No considerar que el “socialismo” que se construía era la versión socialista de la revolución industrial con todos sus aciertos, virtudes y logros pero también con toda la destrucción que implica su puesta en marcha.

Todos estos aspectos deben ser corregidos y superados en la construcción del socialismo del siglo XXI. Se debe evitar la construcción de un socialismo autoritario y estado-céntrico. Debe ser un socialismo donde la sociedad civil sea la que construya el estado, establezca formas sociales de propiedad, de lugar y espacio a los aspectos no materiales de la existencia humana, donde la cohesión social sea construida desde la reciprocidad, en donde el gen egoísta se equilibre con el gen solidario que portamos todos los seres humanos. El capitalismo durante los últimos cinco siglos ha trabajado  y potenciado, especialmente, el gen egoísta en desmedro del gen solidario y de la reciprocidad. La constitución del sujeto social histórico capitalista, independientemente, si este es un trabajador, o sea, un proletario o un burgués capitalista, es decir, un propietario de un medio de producción se realiza a través de una socialización cultural donde se potencia su condición individualista en base de desarrollar la concepción egoísta y utilitarista de la existencia, en donde la máxima es maximizar sus utilidades en cada acto social que estos realizan. Todo el edificio ideológico y filosófico  capitalista se ha construido en base a dicha concepción del ser humano. Ese edificio debe ser demolido completamente y ser reemplazado por una concepción filosófica y política donde la potencia del gen solidario y de la reciprocidad sean los cementos de la nueva sociedad.

El socialismo es, socialista, porque mantiene el sustantivo. O sea, su posición anticapitalista y se manifiesta clara y definidamente en contra de la explotación y cualquier tipo de dominación, además de la de clase, de género, raza, medioambiental, sexual, generacional, etcétera. 
Desde la perspectiva que venimos desarrollando en esta comunicación el socialismo del siglo XXI o en el siglo XXI debiera incorporar a su acervo ideológico y  discursivo los siguientes puntos con el objetivo de disputar la hegemonía del pensamiento liberal y versión posmoderna el neoliberalismo. Estos puntos son desafíos que debieran ser considerados por los actuales procesos de cambio revolucionarios en perspectiva socialista. 
1.- Insistir, desarrollar y ampliar la concepción filosófica de la condición dual de los seres humanos: con su gen solidario y su gen egoísta.  Donde el primero debe ser la garantía biológica de la sobre vivencia de este mamífero desvalido que somos los seres humanos. 
2.- Como consecuencia de lo anterior  deberemos re-volver a la idea del “hombre y la mujer nueva” partiendo de la base que ambos son viejos en nuevas circunstancias históricas y políticas. 
3.- Desarrollar la democracia directa desde el autogobierno individual el cual esta fuertemente vinculado a la autodeterminación social. Es decir, si no hay condiciones materiales, culturales y subjetivas básicas ¿cómo una persona podrá autogobernarse. Por eso lo político en el socialismo no puede reducirse a los grandes momentos sino que la ciudadanía socialista debe estar constantemente activando su condición de “poder constituyente”. 
4.- Debe fomentarse la deliberación y control social y político de los poderes establecidos. Los contrapesos y equilibrios de los poderes deben ser ciudadanos y participativos.
5.- La igualdad debe ser considerada como influencia y capacidades. La sociedad debe brindar las bases de la salud, la educación, la libertad y la justicia donde la ciudadanía se corresponsabilice de sus decisiones pero que, al tiempo, tenga una verdadera opción material para poder planteárselas. Donde el Estado sea quien supervise  y garantice que aquello sea posible.
6.- La propiedad privada no debería tener la misma fascinación que tiene en el capitalismo. Ella de existir debiera ser temporal y rotativa. 
7.-  Rescatar y valorar una serie de derechos individuales de gran valor que la izquierda latinoamericana y mundial no entendió durante el siglo XX, despreciándolos al catalogarlos como “derechos burgueses” o “individuales”, tales como el habeas corpus, la libertad de expresión, de residencia, de movimiento, inviolabilidad de las correspondencia, del domicilio, etcétera. De ahí que el socialismo del siglo XXI tenga mucho de “republicanismo de izquierda”, donde la libertad no es un pago a considerar a cambio de mayores cotas de igualdad.

Con la incorporación de estos puntos a los fundamentos políticos e ideológicos del socialismo, este estaría mejor preparado para superar la concepción moderna del estado nacional; del pensamiento moderno y del desarrollo capitalista. Tengamos presente que el socialismo del siglo XX fue profundamente estatista; capitalista en cuanto a la explotación y alienación de los trabajadores (capitalismo de Estado) y eminentemente moderno; lineal, productivista, machista, colonial, depredador de la naturaleza, basado en una idea simple de progreso, etcétera. Superar estos tres aspectos de la modernidad capitalista crea un programa aproximado para empezar a trazar las políticas democráticas del socialismo del siglo XXI.

Para cerrar esta comunicación, el último punto al que me quiero referir, brevemente, aunque la problemática es de tal densidad que necesitaríamos un seminario permanente para discutirlo en todas sus dimensiones y niveles que posee.  Se trata de la cuestión del sujeto. O sea, ¿quien o quienes deben hacer la revolución y quien o quienes deben construir el socialismo?

Voy a responder a esta pregunta de manera muy concisa, parafraseando a los intelectuales revolucionarios bolivianos como Álvaro García  Linera, Raúl Prada, Luis Tapia entre otros: el sujeto de la revolución actual es la plebe: son los de abajo, los marginados, los excluidos, los pobres, los indígenas, los campesinos sin tierra, los obreros, los mineros, los pobladores, los niños y las niñas de la calle, las mujeres “dueña de casas”, las mujeres trabajadores, los y las jóvenes sin estudios formales, las minorías sexuales, los intelectuales y profesionales asalariados, las y los ancianos,   en fin todas y todos aquellos que están sometidos a la dominación capitalista.

La experiencia histórica reciente de los procesos que se llevan a cabo en Venezuela como en la vecina Bolivia nos señalan: que el socialismo del siglo XXI ha pluralizado al sujeto social de la emancipación. Dejemos entonces que esos sujetos sigan construyendo la historia del socialismo del siglo XXI.   

Santiago Centro, abril de 2009
JCGL/jcgl

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